Bajamar y Pleamar

Ayer tuve la oportunidad de ver el precioso vídeo que el Club de las Malasmadres ha producido con motivo del día de las mamás. En el participan madres de distintas procedencias que han colaborado enviando una grabación expresando cómo definirían la maternidad en dos palabras. Contemplé el vídeo emocionada, identificándome en cada una de las palabras que habían sido elegidas por las protagonistas, sonaban tanto a verdad….y me pregunté qué palabras  elegiría yo si sólo pudiera quedarme con dos. De ahí surgió el título de este post.

No sé si es porque adoro el mar, o porque soy muy de metáforas, pero pienso que estas palabras reflejaban lo que para mí viene significando ser madre. Lejos de aquella idea de maternidad de los anuncios: mamás ideales que no sé cuantas horas dormirán al día, mamás jovencísimas de hijos adolescentes (a los que si echamos cuentas concibieron con 7 u 8 años), lejos de las mamás entregadas, pacientes,  de sonrisas perennes y que toman a risa las manchas de barro o chocolate, lejos de ese universo idealizado e irreal, edulcorado y ficticio…la maternidad para mí se asemeja a las mareas.

Y es que no todo es Pleamar cuando  te conviertes en madre. Cuando una participa en ese milagro de dar vida, empieza a experimentar emociones marcadas por el contraste y la contradicción en su sentido más puro. Comienza un recorrido con empinados puertos de montaña, con pronunciadas subidas, con acentuadas bajadas…donde si algo escasea son las etapas de llanura.

Y así, cada día, en el espacio de 24 horas, como si del mismo océano se tratara, una vive sus momentos, que igual que las mareas, te arrastran con fuerza a lo más bajo y a lo más alto.

En las horas de bajamar azotan vientos de culpa, de esa que te fustiga por cada error cometido, por la falta de la santa paciencia, por no poder desdoblarte para alcanzar a hacerlo todo, por estar cansada para jugar…esa culpa omnipresente que tanto cuesta desterrar.

En las horas de bajamar se acusa el insomnio, la deuda de sueño de la que perdimos la cuenta…se arrastra el cansancio, la fatiga que despierta tu Mr. Hyde…ese que te lleva a perder los papeles, a no guardar las formas, a bajar el umbral  del y a subir la voz…

En las horas de bajamar pesan los sacrificios y las renuncias,  ves esfumarse oportunidades laborales  y sabes que algunas ya no van a aparecer. Frusta la incompatibilidad de tus roles y te preguntas cuándo encontrarás tiempo para ser otra cosa más allá de ser mamá. Echas de menos el tiempo de pareja, el tiempo con amigas, el tiempo para ti o el tiempo sin más.

En las horas de bajamar te inundan las dudas, te importunan los miedos…la eterna pregunta de ¿lo estoy haciendo bien?, ¿es esto lo mejor para mi hij@?, ¿por qué llora esta vez? ¿cuándo desaparecerá esta fiebre sin foco?… Porque aquí  no hay manual que valga, ni libro de instrucciones, aquí todo es ensayo-error…

En la bajamar te enfadas contigo misma por no ser fiel a tus principios, por sucumbir a aquello que dijiste que jamás harías, por usar esos trucos fáciles para tener un momento de tranquilildad (llámense  le dejo el móvil, le doy chuches, etc. etc. etc.)…porque tu creías que nunca serías tan débil.

En la bajamar te jode sentirte en bajamar, porque te han vendido otra cosa, porque la maternidad “debe ser” maravillosa   y tú no entiendes porque tú no eres capaz de vivirla así…

Pero, afortunadamente, con la misma fuerza que la marea te había absorbido, consumido tu energía y casi te hacía tocar fondo, es ese mismo oleaje el que cambia repentinamente su dirección y te saca con ímpetu de nuevo a flote: despierta la pleamar.

La pleamar  tiene el poder de hacer que lo más pequeño se torne lo más grande…

La pleamar te enseña a AMAR con mayúsculas, a querer sin límites, a descubrir que hay reservas de fuerzas donde creías que ya no quedaban. Te muestra que el cariño puede más que el cansancio.

La pleamar te recuerda que para un hijo no hay mejor refugio que los brazos de mamá, que estos son capaces de amortiguar su malestar, de abrigar su desconsuelo, de calmar su dolor

La pleamar te regala momentos irrepetibles, besos y te quieros que te recargan las pilas y por los que merece la pena pagar el peaje.

La pleamar rescata tu inocencia para que vuelvas a ver el mundo con ojos de niña, a creer en la magia, en fantasías de duendes y hadas, en monstruos y cuentos… esa mirada de niña que no debemos perder nunca.

La pleamar te cubre con risas, esas que generan las palabras mal pronunciadas, las consonantes bailadas, las primeras frases con sentido y sin sentido, o las ocurrencias que sólo la genialidad infantil puede tramar…

La pleamar te reconcilia contigo misma, te hace entender que aciertes o no, lo estás haciendo bien; te lleva a aceptar que el cansancio pasa factura a cualquiera y que tú también tienes derecho a quejarte y a anhelar tu propio espacio sin que por ello seas peor madre. La pleamar te enseña a reconocer que de “esta agua sí beberás”, y que la maternidad no es idílica sino “sencillamente complicada” …Quizá todo eso la convierta en algo tan hermosamente extraordinario.

Feliz día mamás!

Tampocopidotanto

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